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Querido fútbol: quién quedará

OPINIÓN
26/02/2021 | Andrea Menéndez Faya
Crece el profundo hartazgo de aficionados, medios, jugadoras y demás personal no involucrado en las guerras contínuas de los despachos del fútbol femenino
Querido fútbol: quién quedará
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Hace unos años, coincidiendo con la crisis de los 30, me compré una guitarra eléctrica con la clara intención de convertirme en una estrella del rock o, al menos, conquistar a alguna chica alrededor de una hoguera en una playa. En mi vida hay una serie de acontecimientos que han marcado mi personalidad y mi presente que se resumen, casi siempre, en el esfuerzo en vano por gustarle a una chica, así que aquel fue uno más para mí, y un sufrido más para mi círculo cercano. No funcionó, ni lo de la guitarra ni lo de la chica. Al tercer mes me cansé de los primeros acordes de Smells like teen spirit y la revendí en la misma web de compraventa donde me había hecho con ella. La sensación, claro, no fue la misma. El día que la compré me crucé Gijón con ella en la espalda sintiéndome Axl Rose. El día que la vendí, me pesaba tanto que bien la hubiera tirado en un contenedor si el chaval que se la llevó no hubiera aparecido.  

Antes de ese descubrimiento del amor romántico, de las feromonas y las endorfinas, yo era una niña feliz que salía del colegio calzándose un bocadillo de chocolate con leche en el coche, hacía los deberes aprisa y corriendo y se cambiaba de calzado —si se acordaba— antes de coger un balón en la puerta e ir a buscar a su vecino, que había hecho el mismo proceso a 600 metros. Era del Madrí y mi vecino era del Barça, así que nuestros duelos terminaban en discusiones acaloradas sobre si Laudrup había sido mejor acá o allá, o si Romario era tan buen 9 como Zamorano, que no lo era. El fútbol a aquella edad era un pasatiempo en el que se me iban la vida y la energía, pero con horario comprendido entre las seis y las ocho de la tarde, siempre que no hubiera examen al día siguiente. 

Apenas unos años después, apareció el fútbol femenino en mi vida. Como decía Nick Horby, me enamoré de esto como después me pasaría con las mujeres: de repente, sin explicación, sin espíritu crítico y sin pensar en el dolor que traería consigo. El dolor de lo de embaucarme en hobbies sin ton ni son por los que no me dura el interés un par de asaltos, y también el de que las historias de amor reales no se parezcan en nada a las de las pelis, lo llevo asumido y anestesiado ya desde hace tiempo. A lo que no me acostumbro es a lo del fútbol, que de un tiempo a esta parte se me va convirtiendo en hartazgo. Como con los acordes de Nirvana. 

Apartados del campo, del sonido de la pelota, del olor a césped y pipas, del frío entrando por el banderín de córner, del café caliente de la cantina, del vello erizado tras una galopada que acaba en gol en el 87, lo único que nos queda a los que amamos este deporte es abrir las redes sociales cada día para tropezarnos con la emoción de un comunicado. El primero de esta última ronda de despropósitos estuvo bien, el segundo repartió salseo, pero ahora, en esta cadena de denuncias, reclamaciones, apelaciones, aclaraciones y sanciones, ya no hacen gracia. Frivolizar sobre la caótica y esperpéntica situación del fútbol femenino español fuera del campo, era lo poco que podíamos hacer para sobrellevar con humor una situación que estaba y está condenando a nuestro deporte a no crecer, pero llega un momento que ni eso me entretiene ya.

Antes del descubrimiento del fútbol por dentro, de las llamadas de un bando u otro a cualquier hora del día para exponer su versión, de las circulares que aparecen en mi correo por arte de magia o de las denuncias anónimas que me llegan a la bandeja de Direct Messages de Twitter, yo era una mujer feliz que encendía el televisor cinco minutos antes de un partido, se abría una cerveza y asentía con la cabeza en las buenas jugadas y negaba en las malas, que lamentaba las pérdidas de balón y murmuraba ¡uy! cuando sonaba el postazo de turno, que pegaba un puñetazo al aire con los goles y que también celebraba las paradas de vez en cuando. Al pitido final, aquella mujer feliz se levantaba del sillón y a otra cosa. Iba al campo cada fin de semana, saludaba a las jugadoras que conocía y me preocupaba por si se lesionaban, no por todos los problemas que conoció después y que van de si se le ha actualizado el salario tras el convenio a si ha cenado un sándwich de pavo. El fútbol era un entretenimiento de 10 a 16 los domingos. Hoy es un martirio de 5 de la mañana a 11 de la noche, ininterrumpidamente, de lunes a lunes, y mis teléfonos móviles tienen una vida útil cada vez menor por el desgaste de batería, a parte del riesgo constante a acabar estrellados en una pared. Dirán ustedes —como todos a los que me quejo de esto—: pues no lo cojas. No es tan fácil. A unos de los que llaman les tengo cariño a fuerza de discutir con ellos, a otros les debo el respeto por su puesto, y a alguno quiero escucharle por el mero placer de poder acabar colgándole el teléfono mascullando un ...tealamierda. Y a las que nunca, nunca, rechazaré una llamada de teléfono, será a las jugadoras. Por más que me duela la cabeza. 

Quienes están al frente de los bandos que se pelean por el pastel del fútbol femenino tienen un leitmotiv de martillo percutor: llevo en esto veinte años. Nueve llevo yo, me lo recordó Facebook el otro día. Respeto en lo personal a cada persona que me he cruzado esos nueve años: jugadoras, entrenadores, directivos, compañeros de prensa, radio y redes, disciplinados miembros de las federaciones autonómicas y nacional, entrajetados figurantes de sindicatos y asociaciones… pero cada vez entiendo menos su labor profesional. Una labor que en los últimos meses, tal vez por el nerviosismo ante la profesionalización inminente, ante las sillas que se mueven y el miedo a caerse de ellas, está siendo un absoluto desastre, y que lleva cada vez más a que aquellos que amamos esto, y que de algún modo se nos va en ello la vida y la energía, queramos dar un paso a un lado. Ponerse del lado de uno o de otro, en resumidas cuentas, tiene el mismo valor que discutir por qué Laudrup era mejor, el del Barça o el del Madrí. 

La profesionalización, que se nos vendió como el maná en medio del desierto, empieza a tener cierto tufillo que no me gusta tampoco. Lo último que supimos fue que el Consejo Superior de Deportes está tentado de poner al frente de la misma a un grupo de Stakeholders, con el peligro que conlleva eso. Meter dinero privado a mandar en una liga profesional que aún gatea es condenarla a convertirse en un escaparate de centro comercial vacío. El capital privado, además, suele provenir de sitios como Rusia, Qatar o Arabia, y viene firmado en cheques que representan todo lo que los que amamos el fútbol somos capaces de odiar por puro instinto. No queremos a la Federación, no nos gusta la toma de decisiones de la Asociación, no nos sentimos representados por los sindicatos y ahora, además, el CSD nos traiciona. Y gota a gota el vaso se va llenando, hasta que llegue un momento en el que no lleve más. Estamos llegando a un punto de no retorno en el que los que amamos este deporte nos estamos cansando de aguantar todo lo que lleva al lado. Como el que se enamora de la chica perfecta pero no de la suegra, y acaba resignándose a la certeza de que el amor, si es fácil, no es amor, y si no es amor, es fácil. Con toda la desilusión, los suspiros y los poemas que genera eso. 

Y, entonces, cuando nos cansemos de repetir acordes y pongamos la guitarra otra vez a la venta, cuando renunciemos al final de película porque simplemente queremos coger un bocadillo, hacer los deberes corriendo, buscar la pelota que teníamos olvidada (¿hay algo más triste que una pelota olvidada debajo de la lluvia?) y ponernos a jugar, ¿quién hablará del fútbol femenino por amor y no por dinero? Cuando suene la claqueta y el ¡corten!, cuando se apaguen los focos y se retire el público, ¿quién quedará?
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