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No me hables de leyes

OPINIÓN
28/10/2019 | Andrea Menéndez Faya
Huelga en Primera Iberdrola la jornada del 16 y 17 de noviembre por la firma de un convenio colectivo del fútbol femenino español
No me hables de leyes
EFE
Las tardes de domingo eran el sonido del transistor de mi padre y Manuel, sentados en el banco de delante de casa, mientras mi vecino Juanjo y yo pegábamos patadas a un balón en el jardín con dos tablas haciendo de portería. Era la camiseta de Zamorano, la celebración de Amavisca, un pase sin mirar de Laudrup, aquel tiro de Koeman de falta, Julen Guerrero por la banda, el gol de Mendieta. Cosas de la vida, nací en el 85 y una noche de sábado del 89 se me ocurrió no irme a la cama y quedarme en el pasillo a escondidas viendo la final de la Champions, así que no me quedó más que ser del Milan hasta bien entrada la adolescencia, cuando mi mejor amiga –que en paz descanse, aunque en estos tiempos de preocupación azul poco lo hará- me inyectó el virus del oviedismo. 
Jamás se me pasó por la cabeza ser futbolista, por eso de que soy un poco vaga y por lo otro de que no soy muy de juego en equipo. Y también porque una cosa era jugar con mi vecino de tú a tú y acabar a patadas en la espinilla cuando nos calentábamos y otra muy distinta un once para once noventa minutos. Me lo ofrecieron sí, cuando en el colegio les dio por montar un equipo, cosas de una compañera y su padre. Fue mi amiga –la del virus- la que se fue allá de portera. Lo mío, ya entonces, era estar en la grada, en silencio. 
Maldita la gracia que le hacía a mi padre que perdiera el tiempo de estudio viendo a aquellas torpes intentar jugadas, sin base alguna, sin más que un entrenamiento a la semana de control y pase, frente a grupos de chavales que entrenaban con su equipo martes, miércoles y jueves para jugar los domingos, y los sábados venían a humillar y reírse de diez crías con más ilusión que otra cosa. Veinte años después, es mi padre el que me llama para decirme que están las guajas en la tele. Le da igual cuáles. Sí que le gusta más el Barça, para qué nos vamos a engañar, aunque él dice que son el Valdesoto, que es donde tuvo la suerte de jugar de portero un par de temporadas hace más de 60 años. Al Depor no le hace ascos, aunque sostiene que a pase de Iris o Tere él llevaría más goles que Gaby. Tiene controladas un par de porterinas que tendría que fichar el Condal (la que más le gusta es Sarita Serrat), porque dice que Parejo es bajita para ser portera, y que mucho voy a tener que trabajarla para que salte. Porque esa es otra, la que aquí escribe se ha metido en el jaleo otra vez de entrenar a las porteras de un equipo regional que suda la gota gorda para intentar el ascenso a Nacional. Y eso, aunque no lo diga, también le gusta.

Mi padre, que de fútbol entiende lo que oye en la radio y lo que ve en la televisión, que critica mucho a los árbitros y poco a los jugadores, ha asumido con total entereza el cambio a mejor del fútbol femenino, el aumento en la calidad de las jugadoras y su formación, la reciente popularidad, el anclaje en la sociedad, y no quiere oír hablar de leyes ni de convenios porque le parece ridículo que estemos peleando por firmar un texto entre varios afectados. Los clubes, por un lado, que no pueden pagar lo que piden las jugadoras. Las jugadoras, por otro, que piden lo justo cuando se les exige lo desorbitado. Y la Federación y la Liga moviendo los hilos, arrimando el ascua a su sardina para no terminar con una guerra que se zanjaría hablando más que imponiendo. Cuando vemos al Sporting de Gijón en streaming se fija en Noe –toma, y yo, no es tonto- le explico que va a clase, que es una cría, que entrena cuatro días a la semana de 9 a 10 y media de la noche, los sábados viaja y los domingos juega. ¿Y cuándo vive? Me pregunta. Pues como todas: cuando puede. Y cuando quiera sacarse una carrera o ponerse a trabajar, a lo mejor tiene que dejarlo, papá. Pues no me parece normal. Porque está en un buen sitio para vivir de esto. Ya, pero no funciona así. Con lo que cobra una jugadora de segunda, no da para dedicarse a ello. Y muchas de primera tampoco. No, hombre, en primera cobrarán más. No todas, pa. Esto es lo de siempre: hay dos o tres equipos que te pueden pagar bien porque tienen un patrocinador detrás que las apoya, pero el resto van a remolque. Eso es precisamente lo que se quiere conseguir con el convenio, que por lo menos… No me hables de leyes, no me hables de leyes. 

Toca hablar de leyes porque hasta que se han puesto en huelga no han salido en los medios. Dieciocho reuniones infructuosas, que si veinte mil, que si dieciséis, que si doce, que si ocho. Y nada, que toca huelga. A ver si por lo menos sirve para que se hable de esto de una vez en serio, que se le pongan los mofletes rojos a más de uno y que los medios y la sociedad fuercen una negociación a la que nadie estaba haciendo el debido caso. ¿Y qué piden? Un marco legal que ofrezca garantías y obligaciones, que si me exigen entrenar cinco días por semana y viajar los otros dos, tenga al menos la seguridad de que estoy cotizando y si el día de mañana me lesiono o me retiro, no haya tirado diez años de mi vida jugando a nivel profesional, que pueda ejercer mi profesión con unos beneficios sociales que me corresponden como trabajadora. ¡Vacaciones pagadas!, ¡Paro!, ¡Baja por maternidad! Habráse visto estas feminazis lo que exigen… oiga, pues una cosa muy normal que tienen mis compañeros del otro equipo. ¡Pero son mejores!, ¡Jugad con ellos!, ¡Los chavales de regional tampoco cobran! Ya, pero, los chavales de regional, si llegan a profesionales, tienen garantizado todo esto por su convenio colectivo. Que no están pidiendo que toda niña que se apunte a jugar a fútbol en el colegio cobre mil euros, que las que firman la petición, para llegar a profesionales también comieron barro, gastaron horas de bus, sacaron mérito deportivo suficiente y están en Primera Iberdrola por algo. A Primera no se llega de casualidad, ni en un sitio ni en otro. Se llega por esfuerzo, talento y dedicación. Si los chavales con las que las comparan en redes sociales para desprestigiarlas están en regional –con todos mis respetos- es porque no pueden estar ni en Preferente, ni en Tercera, ni en Segunda B, mucho menos en Segunda o Primera. La cuestión es que todas esas categorías también existen en el fútbol femenino, amigos, y las que han llegado a Primera y a Reto lo han hecho por algo. Y ese algo, por mucho que os cueste admitirlo, es saber jugar al fútbol. 

¡Pero la Primera Iberdrola no genera lo mismo que la Liga Santander! Ya, si a eso vamos, que si estuvieran defendiendo la tontería de que generan lo mismo, pedirían lo mismo. Pero no: se pide algo acorde. El jugador peor pagado de primera división masculina tiene garantizados según su convenio 6.500 euros al mes.Y lo que ofrecen los clubes en su última propuesta son 8000 anuales. Que ni tanto, ni tan poco. Se acepta que te pongan una parcialidad del 75%, pero se rechaza que sea del 50, porque si no estaremos en las mismas: jugar veinte años para cotizar la mitad. Y tener que trabajar para poder vivir, sin poder dedicarte plenamente al fútbol, con las consecuencias que esto conlleva. Que quizá hay que dejar de repetir el mantra de “esquesonmuymalasencomparación” y ver las condiciones en las que entrenan y compiten las jugadoras y los jugadores. Que trabajar ocho horas al día todos los días y después ir a entrenar, y, sin descansar, meterte un viaje para jugar, no ofrece la mejor disposición a la hora de competir. ¡Que los del regional también trabajan! Me cago en la leche, Merche, que ya lo sé. Por eso están en regional. Ellas no. Ellas están intentando firmar un documento que les reporte una seguridad a la hora de llevar a cabo su tarea profesional, que ya es profesional queráis o no porque para eso tienen una licencia federativa que lo acredita y que es obligatoria para toda la plantilla este año gracias a la RFEF. Este es un documento más que aportar el día que se vaya al Consejo Superior de Deportes y se pida cambiar la liga a profesional, cosa que al resto de futbolistas ni les va, ni les viene. Ni les quitará derechos, ni dinero, ni les aportará más. Se trata de crear una competición acorde al plan estratégico de cinco años que se ha propuesto la Federación para que el fútbol femenino español crezca y se establezca como potencia mundial a medio plazo. Y no creo que eso sea malo para nadie, ni haya que tomárselo como un ataque al fútbol masculino. Como bien dijo en junio Misa -ahora portera del Depor y en aquel entonces en el Atlético de Madrid- ante uno de estos ataques injustificados en redes en el que le decían que ahora hay que ver fútbol femenino obligatoriamente "Nadie obliga a que nos vean, nosotras defendemos los derechos que nos merecemos, si tú no estás de acuerdo te callas y sigues con tu vida, no critiques algo que ni te va ni te viene. Porque las que queremos crecer somos nosotras, no tú". Se trata de derechos. De deberes. Y el que crea que no puede o quiere cumplir los mínimos legales previstos en ese convenio, que se aparte y deje paso a los que sí pueden y quieren hacerlo. Y el que no lo quiera ver, que no lo vea, pero que deje de dar la tabarra en redes diciendo que no le interesa. Que para que nos interese y para pelear por ello ya estamos los demás. Sumar, y no restar ni dividir. Eso es lo que hará que el fútbol femenino en España deje de despegar y empiece a volar alto. 

Este fin de semana mi padre vio el Valencia – UDG mientras yo moría de migraña en la cama. Una, que se hace mayor. Las tardes y mañanas de domingo son ahora el sonido de la televisión con un gol de Carol Férez rematando en el segundo palo. Una carrera de Athenea por la banda. Un centro de primeras de Jade Boho. Un caño de Jennifer Hermoso. Una ruleta de Maite Oroz a cámara lenta. Un balón entrando por la escuadra en un penalti lanzado por Eli del Estal. Una estirada de Sandra Paños en un chut desde la frontal de Ángela Sosa. Es mi padre celebrando un gol de la neña de la Pola. Una entrada de Marta Corredera, un pase al hueco de Rosita Márquez, un córner bien puesto (porque sí que llegan al área, señor García) por Sofía Jakobsson, Mariasun parando un penalti en el 76, Mapi saliendo con el balón jugado entre tres rivales. Pero es sobre todo la cara de ilusión de las crías que juegan en el equipo de su barrio, que aspiran a entrar en un regional, a subir a Nacional con quince años, a que su club llegue a Reto, a debutar en Primera, vestir la camiseta de la selección, meter 10.500 personas en Riazor, ser profesionales y ganarlo todo. Ser futbolistas. No creo que pidan tanto.
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