Querido fútbol: el primer amor

OPINIÓN
13/12/2020 | Andrea Menéndez Faya
Columna atípica. Hoy no hablaremos de Primera Iberdrola porque para llegar a hablar de Primera Iberdrola hay que saber qué pasa más abajo
Querido fútbol: el primer amor
Getty Images
Me van a permitir que este fin de semana no vaya a hablar de ni un solo partido de Primera Iberdrola. Ha sido para mí una semana de vuelta a los orígenes, con nostalgia, cierta melancolía y una dosis suficiente de amargura. No por el pasado, claro, ese siempre se recuerda con dulzor, si no por la incertidumbre del futuro.

Yo me enamoré del fútbol femenino en barrizales, madrugones los domingos, kilómetros de carretera, cantinas con olor a fritanga, vacas pastando a ras de la línea de cal de un campo en medio de la montaña, parkings inaccesibles para el autobús, gradas de hormigón heladas en invierno, tanganas al minuto 80, cafés en vaso de cristal, cervezas con alcohol, pipas y pistachos, árbitros en constante peligro de terminar empapados en el río, madres con peluches de mascota oficial del equipo, abuelos esperando un abrazo de gol detrás de la portería, . Me enamoré de esto que hoy nos ocupa y que cada vez es más glamuroso en ligas de regional. Ya con la relación establecida en campos de Nacional. En el fútbol modesto, en el de barrio, en el que no lleva focos ni reportajes a cuatro columnas, que no tiene a jugadoras entrando al estadio saludando con una mano a los fans, al que no interrumpen los flashes de las cámaras y los teléfonos móviles en un córner, que no entiende de ruedas de prensa al finalizar el encuentro ni de saludos institucionales en los palcos VIP. Yo me enamoré en el fútbol que sufre más que nunca el 2020. Ese fue el primer amor: la pelota, el campo casi vacío, la vaporada de aliento celebrando un gol con rabia ante un eterno rival que nadie fuera de esos muros conocería. 

A estas horas –son las 9 y media de la mañana de un extrañamente soleado domingo de diciembre en Asturias- yo estaría arrancando el coche para ir a ver un partido de Regional o de Nacional cerca de casa, o lejos, qué más da. Sin embargo, no tenemos liga regional y aún no se permite entrar a público en los de Nacional. Esto crea dos problemas en apariencia distintos, pero que se acaban encontrando en un mismo camino: estos se van a cargar Nacional.

Es una tostada que me huele a quemado desde hace mucho tiempo, que se reforzó con los subgrupos y con la imposición de reestructuración en una sola temporada. 35 descensos como 35 soles este año, un año en el que a los clubs se les castiga sin esos pequeños ingresos que aliviaban las dietas de las jugadoras: la entrada, las cinco rifas por dos euros, la lotería de Navidad con un euro de donativo para el club, las cuotas del fútbol base, los pequeños comercios que aportaban 20, 30, 50 euros al año en publicidad. Era una economía de supervivencia hoy suspendida. El fútbol es del público -que se suele decir- y el escaso público que acudía a estas dos competiciones era más que nunca dueño de lo que pasaba en el campo, porque lo hacía revivir a base de ahorros, de microinyecciones con las que comprar una tanda de balones nuevos, un escudo bordado para el chándal, un pequeño sueldo para un entrenador de porteras, un ágape para el viaje de ida y vuelta a la Provincia de al lado. 

Que en Comunidades como esta en la que presumo de vivir no haya liga regional este curso ni perspectivas de que empiece (y si lo hace, a ver cómo y en qué calidad), causa un problema mucho más grave: ¿de qué se va a nutrir el fútbol femenino español si las que sostienen la pirámide no siguen su formación para llegar arriba? En las ligas regionales hay equipos que juegan por diversión, pero también hay cadetes e infantiles en carrera lanzada a un filial de categoría nacional en el que no pueden jugar por el límite de 15 años. En las Comunidades en las que sí hay liga regional (y hay que ver cómo y en qué calidad), la perspectiva del ascenso, de la recepción de descensos, de la compensación de otros ascensos de otras Comunidades que no ascenderán, deja una adulteración de la competición que hace que este año quede en blanco, y el siguiente, y probablemente el siguiente. ¿Cómo van a competir los equipos de Nacional para alcanzar Reto Iberdrola si la competición es un paripé adulterado de cabo a rabo? Y si lo alcanzan, ¿será en calidad de sparring o de candidato a la permanencia?

El fútbol femenino español tiene hoy más problemas que el maltrato de Presa a sus jugadoras o que a Alexia no la metan entre las mejores 55 jugadoras del mundo. Y no me malinterpreten: lo del Rayo lo considero una putada, no encuentro otra palabra. Y lo de Alexia un insulto, no hay otra definición. Pero todos y cada uno de los problemas del vértice superior de este triángulo, por raro que parezca, vienen del ninguneo estructural de la base: de las Federaciones Autonómicas que no luchan por los derechos de sus jugadoras y sus clubes, y de una RFEF que prefiere la foto sonriente en portada cuando la moneda sale cara al trabajo duro en los despachos cuando sale cruz. Que Presa maltrate a sus jugadoras viene de una larga tradición de clubes que han maltratado a sus jugadoras y a los que no les ha pasado nada nunca porque a nadie le ha importado nunca lo que les pase. Hablo de okupas de despachos con la corbata anudada a la nuez y que jamás se han pasado por un campo de fútbol donde hubiera mujeres pateando una pelota, que desprecian constantemente las luchas de nuestras futbolistas sean de la esfera que sean y a los que poco les rompe la cabeza si cenan un sándwich de pavo, un filete o se van a la cama sin cenar. Que a Alexia -o a Mariona, o a Mapi, o a quien sea- no la nominen ni jamás le vayan a dar un premio viene por el desconocimiento flagrante de la liga española fuera de nuestras fronteras. Porque el cupo ya lo tienen con nombrar a dos o tres, y no hace falta meter focos en una competición en la que ni siquiera los que la dirigen tienen el más mínimo interés. Nuestra liga, que a nosotros nos parece tan brillante, tan entretenida y tan en auge, no es más que una liga más de un país más que no apuesta por el fútbol femenino aun llenándose la boca de la cantidad de recursos que pueden emplear en él. Las constantes guerras entre organizador, clubes, jugadoras, televisiones y patrocinadores provocan que no nos tomen en serio fuera. Con razón. 

Poner en peligro la raíz del fútbol femenino, las ligas regionales, la Primera Nacional, la salud de Reto, nos llevará a que jamás salgan flores en las ramas, a un nivel más dentro de ese insulto sistemático al fútbol femenino que hará que esto jamás crezca. El desierto es la realidad de nuestro fútbol, la Primera Iberdrola el oasis, y permítanme recordarles que el oasis, frecuentemente, es imaginado, no real. ¿Qué futuro puede tener un deporte en el que no se invierte y al que han capado la posibilidad de crecer? ¿Cómo pueden llegar a la élite en diez años las jugadoras infantiles que tienen que subir por una escalera de peldaños rotos? 

Creíamos que toda esa oscura época de lucha y reivindicación constantes, de llamada a las armas para firmar un convenio, de sentarse en huelga, de pelear en redes por la profesionalización, habían terminado. Vimos la Primera Iberdrola en televisión, a la Selección golear, al CSD –rueda de prensa y discurso mediante- hablando de profesionalizar, a los patrocinadores soltar billetes a los medios de comunicación para que influencers y periodistas generalistas hablaran de nosotros, y nos olvidamos de lo que pasa cuando el piloto de la cámara se apaga. Cuando las jugadoras que no viven de esto no pueden jugar. Cuando las niñas dejan de entrenar y nadie pelea porque vuelvan a hacerlo, como sí están peleando los masculinos modestos. Cuando los clubes dejan de ingresar los escasos recursos que les permitían no mendigar a instituciones. Cuando una competición que es la base sobre la que se sustenta la salud de nuestro pequeño mundo empieza a tener señales de zozobra. 

Hace unos meses, publicamos un artículo llamado El Problema Nacional que cabreó a las altas esferas. Si hoy lo revisan, no hay ninguna mentira en él: esto se nos va. Y me van a permitir que no deje que se me vaya tan fácilmente lo que me enamoró del fútbol femenino.
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